Por Gregorio Moya E.
Hay una crisis de salud mental. Ese es un acuerdo generalizado en la sociedad: Ministerio de Salud, Servicio Nacional de Salud, Colegio Médico, Sociedad de Psiquiatría, Colegio de Psicología, los analistas de los medios de comunicación y los influencers de las redes sociales. Todos están en sintonía con que hay una crisis de salud mental.
Muchos la atribuyen a la crisis social, a la pérdida de valores morales (habría que preguntarse cuáles). Se dice que la pandemia ha exacerbado la crisis, así argumentan mil y una causas, incluyendo la alimentación, las vacunas, las hormonas y medicamentos que la industria farmacéutica nos administra a través del cuerpo médico, el cual funciona como el principal agente que asegura la circulación de la mercancía llamada medicina. Con sus diagnósticos irrefutables, asegura clientes; con su seguridad social —principalmente la mercantilizada— le asegura financieramente el negocio.
Ante ese criterio común de que la humanidad vive en una situación de crisis, les decimos con Antonin Artaud:
A ustedes "Las leyes, las costumbres, les
conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y
terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La
credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los
gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La
profesión que ustedes ejercen está juzgada de De antemano No pensamos discutir
aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades
mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la
confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las
más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han
hecho para acercarse al mundo mental en el que viven todos aquellos que ustedes
han encerrado? ¿Acosan son algo más que una ensalada de palabras?”.
La medida
que hacen del espíritu, de la conducta, del pensamiento, de los comportamientos
—como en los diccionarios— está limitada a su propio lenguaje, a su limitado
número de palabras, a su delimitado significado, que no puede ponderar ni medir
de verdad el significado concreto, contextual y específico de un momento, de un
acto, de una realidad, de una totalidad existencial que determina y es
determinante.
Por su
limitada medición de los seres, porque la hacen a su propia talla, a sus
medidas definidas y propias, a sus convenciones ya sus alcances. Por ello,
volviendo a Artaud: "No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están
por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos
rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres —incapacitados o no— de
dar por terminadas sus investigaciones en el campo de la mente con un veredicto
de prisión perpetua".
Hoy
muchos, basados en esa medición mostrenca y limitada de la salud mental,
quieren restablecer el manicomio y la psiquiatrización como solución a lo que ellos llaman crisis de
salud mental, que no definen de manera homogénea o con cierto consenso
científico-técnico, pero sí tienen como solución homogénea el manicomio o algo
que se le parece porque lo diferente o anormal muchas veces es una reacción de descontento, desafección y desacuerdo con esta realidad.
Patologizar comportamientos y formas distintas de ser, psiquiatrizar conductas que no son las esperadas por las buenas costumbres, medicalizar la mente y las percepciones para ajustarlas a la normalidad. Todo ello es volver o persistir en reprimir la diferencia, lo divergente, lo que se sale de la norma de la costumbre o de la estadística. Y es que este enfoque medicalizado desconoce que debajo de la enfermedad psíquica, subyace un conflicto social, donde el "loco" es quien no encaja en la estructura productiva y es excluido, como enseñó Franco Basaglia.
Contra
eso nos rebelamos. Medicalizar, psiquiatrizar, manejar clínicamente causa dolor o lo quita desensibilizando,
aturdiendo, drogando; porque tranquiliza con camisas de fuerza o barrotes, o
con somníferos, o con cualquier instrumento, método o sustancia deshumanizante. Hasta con golpes.
La crisis
es de la sociedad, de la cultura, de las costumbres, de las leyes, de la
familia, de la forma en que se organiza la sociedad, con unos poderes que
deciden cómo se debe ser. Y si uno decide no ser así, entonces la sociedad en sus distintos medios y formas de mercadeo te
ofrece licor, cigarrillos de marihuana, de tabaco, electrónicos; te ofrece
alcohol, drogas ilegalizadas para que sean mercancías más costosas. La sociedad
te propone el éxito; si no lo alcanzas, eres el culpable, el perdedor de la
cultura yanqui y su modo de vida, del “vamos arriba y no te apures” que por
mucho tiempo nos bombardeaba una casa comercial.
Hay que
tratar la causa, sin dejar de atender las emergencias, pero las emergencias no
pueden taparnos la vista de las causas, porque de ser así nos pasaremos
atendiendo las emergencias de violencias inexplicables, suicidios crecientes,
feminicidios/homicidios sin cuenta, aturdimiento de la juventud y de sus
potencialidades, y el sufrimiento de los que ya no tienen juventud.
Los avisos de planes que no van a las causas, a la causa de las causas, podrán restañar algunas heridas del alma, de las emociones, de existencia, del estar y del ser. Pero la sierra seguirá cortando la vida y su goce potencial. Poner un psiquiatra aquí, allá y acullá, atenderá la punta del iceberg. Pero los males en su profundidad y bases seguirán igual.
Es necesario impulsar planes desde las comunidades, de las organizaciones, desde la ciudadanía organizada, planes que aborden los problemas que afectan los grupos humanos, las familias, las comunidades y la sociedad. Volver a la salud mental comunitaria, el abordaje social de la salud, no como inmovilizar la mente por las fracturas que produce la realidad, el estresor de la sociedad, sino lo contrario, romper las amarras que impiden el aprovechamiento del potencial psico-social de la existencia, los problemas, como retos para crecer, ser mejores, de forma colectiva, de la misma forma en que el primer signo de civilización en una cultura antigua fue un fémur fracturado y sanado, fruto de la solidaridad y la compasión de la comunidad que no lo abandonó por débil y dañado, ni por estar herido de locura, ceguera y confusión.
Un plan de salud mental tiene que producirse como una estrategia de reconciliación con el hermano, con el desvalido, con los que tienen hambre y sed de justicia, con los nobles de corazón, lo cual solo es posible en la común-unidad.


