Las visitas sorpresas se convirtieron en la presidencia de Danilo Medina en un mecanismo de asignación de recursos y desarrollo de proyectos, los cuales en su gran mayoría perecieron por no tener continuidad en el tiempo, toda vez que no fueron resultado de una planificación, sino acciones descolocadas, improvisadas, de relumbrón, mucho de eso que el pueblo llama BAM: bulto, allante y movimiento.
Ese enfoque ha sido retomado por
el actual Director del Servicio Nacional de Salud Julio Landrón, quien en la
visita sorpresa al Hospital Salvador B. Gautier destituyó en público, “in voce”,
al director de ese establecimiento de salud. Una acción impropia e
irrespetuosa, fruto de un exabrupto.
Si bien el Hospital Gautier no
sale de un escándalo desde hace años, que lo sume cada día más en el abismo del
desprestigio como centro asistencial, el desorden, y hasta en la suciedad y el
abandono. También es cierto que para ello se necesitan proceso estándares y
procedimientos institucionales que fortalezcan el mismo. Y con vistas sorpresas y destituciones en público no se institucionaliza soluciones duraderas.
Es necesario que se otorguen
los recursos necesarios para el funcionamiento del icónico hospital del seguro,
como lo llamaban la mayoría de los capitaleños al hospital que se caracterizaba
por su capacidad de resolución, escuela de especialistas e imagen positiva del
sistema de atención en salud.
Sin los recursos necesarios, es
imposible que pueda haber algún área del hospital Gautier que pueda cumplir los
protocolos de atención de los pacientes. La gente del pueblo dice con
claridad que, para hacer las cosas hay tener con qué, es decir, se debe contar
con los recursos.
Las visitas sorpresas nunca
fueron y no son un mecanismo de gestión pública, mucho menos en un sector tan
complejo como es el del sistema de atención en salud.
Exigir que sin los recursos
necesarios funcione los hospitales, quizás una de las empresas más complejas
que ha creado la humanidad, es pedir lo imposible, y como reza una expresión del
mundo legal, nadie está obligado a lo imposible.